El rostro, según la aceleración a la que se expone, e incrementa cada vez mas en nuestra época postmoderna, no es algo fijo, de esto ya se dió cuenta Francis Bacon, pues va cambiando, se deforma, se esfuma...Una imagen fija no puede darnos la idea del todo, de ahí la incompletitud que se muestra como reflejo de dicho fenómeno, fisuras por donde establecer conexiones que nos posibiliten un revelado de orden psicológico que nos transporte al mundo de la intangibilidad de las sensaciones.
Desde esta óptica conceptual, Ricardo González plantea un desarrollo técnico riguroso, cuidando la extensión de cada capa, recordando, en estas superposiciones, que la pintura actual es hija de su tiempo y por ello puede colaborar conjuntamente, o recordar, a esas nuevas tecnologías que nos rodean en nuestra vida diaria. Un término entre lo orgánico y lo digital, entre el caos y el orden, que le lleva a la creación de unos personajes sobrehunanos que, abandonando su naturaleza inicial, se van acercando poco a poco a una postura autómata inquietante.